El mercado está amañado y Winston Churchill ya lo sabía
El mercado de la vivienda no es que funcione mal; es que está diseñado para que pierdas. Para entender este desastre hay que ir a la raíz: el valor del suelo. Ya lo decía Winston Churchill: el poseedor de tierras no tiene que hacer absolutamente nada para que el valor de su parcela suba. No es su mérito, es el esfuerzo del conjunto de la sociedad. Si tú tienes un solar y mañana el Ayuntamiento pone una parada de metro, un hospital o un supermercado cerca, el valor de tu propiedad se dispara. ¿Y quién ha pagado ese metro? Tú, yo y todos con dinero público. El problema sistémico es que tratamos la vivienda como un producto de consumo más, cuando su valor no depende de la inversión que el dueño haga en el ladrillo, sino de lo que la sociedad considere que vale su entorno. Es un expolio de lo público hacia manos privadas.
Los bancos: El motor de la disparidad Aquí los bancos han sido los grandes culpables de que los precios se hayan desconectado totalmente del poder adquisitivo. Su negocio es redondo. Te financian el 80% de una tasación que ellos mismos tiran al alza, por encima del valor contractual. ¿El resultado? Te dan un crédito mayor, te endeudan para más años y se aseguran cobrar intereses durante décadas.
Si pagas, ellos se forran con los intereses. Si dejas de pagar, se quedan con un activo que, gracias al esfuerzo de la sociedad, siempre vale más. El banco gana sí o sí. Es una inyección de liquidez constante en el sistema solo para evitar que el precio baje. Y ahora, para rematar el chiste, escuchamos hablar de las hipotecas heredables para los hijos… Es para flipar. Quieren que la deuda sea el nuevo apellido de la familia.
La falsa ley de la oferta y la demanda Los economistas neoliberales (yo los llamo «ofertistas») siempre repiten el mantra de que esto se arregla con más oferta. Mienten. La vivienda tiene una demanda inelástica; no es como elegir si compras un iPhone o no, necesitas un techo para no morir de frío.
En todos los booms inmobiliarios ha habido escasez porque, en cuanto la vivienda se considera un activo financiero, el que tiene pasta compra más y absorbe cualquier exceso de oferta. No se construye para que tú vivas barato; se construye para que el inversor tenga donde meter su dinero. Estamos jugando una partida de Monopoly que ya lleva horas empezada: tú acabas de entrar y todas las casillas tienen ya una casita roja. Cada vez que caes en una, pagas, y con ese dinero ellos compran la casilla siguiente.
De «propietarios» a «explotados» (El legado del franquismo y el modelo Thatcher)
Para entender por qué hoy estás asfixiado con el alquiler, hay que mirar atrás. El régimen franquista puso las bases de este pelotazo. Su estrategia era clara: «Un país de propietarios, no de proletarios». Te decían que te ibas a beneficiar de la subida del valor del suelo, ese mismo suelo que se pagaba con dinero público. La idea era que un propietario es un comunista menos. Y aunque en los 80 los movimientos de izquierdas fueron fuertes, el veneno ya estaba inoculado: la vivienda dejó de ser un derecho para ser la base de tu «riqueza».
El gran cambio de modelo: De fabricar bienes a expoliar rentas Con la llegada de figuras como Margaret Thatcher, el modelo productivo cambió radicalmente. Pasamos de una economía que fabricaba cosas a una que expolia rentas. Thatcher privatizó la vivienda pública que el propio pueblo había pagado, y eso se replicó aquí. Liberalizaron el mercado de las rentas y convirtieron la vivienda en el principal motor de la economía.
¿El resultado? El Estado del Bienestar se ha disparado, sí, pero solo para las empresas. Se ha vinculado la vivienda al mercado financiero de tal forma que las ciudades ya no son sitios para vivir, son minas de oro. No liberan suelo para abaratar precios, lo liberan para expandir el negocio. Como dice Carlos Solchaga: España es donde más fácil es hacerse rico, porque el sistema asegura que el valor del inmueble siempre suba.
El rentismo: El nuevo feudalismo que nos asfixia Aquí es donde la cosa se pone fea. Los liberales de verdad (los clásicos) detestaban a los rentistas. ¿Por qué? Porque el rentista roba capital productivo. Si yo tengo que dejar de ir al cine, de consumir en la tienda del barrio o de innovar en mi empresa porque el alquiler se come la mitad de mi sueldo, la economía real se muere.
Es un sistema extractivo. Unos explotan una posición de privilegio, un nuevo feudalismo donde los «señores» actuales ni siquiera tienen las responsabilidades de los antiguos. No tienen que proteger a los campesinos ni gestionar las malas cosechas; solo tienen que esperar a que el inquilino les pague la hipoteca. Porque seamos claros: la vivienda no se paga sola, la paga el inquilino. La rentabilidad la das tú con tu esfuerzo, mientras el dueño se enriquece mientras duerme por el simple progreso de la sociedad.
El efecto Airbnb y la gentrificación Y por si fuera poco, llega Airbnb. No solo quita casas del mercado, sino que dispara los precios por la «percepción de rentabilidad». Los barrios se desmoronan. La gentrificación hace que la gente no pueda echar raíces. Si hoy intentáramos rodar «Aquí no hay quien viva», sería imposible: el videoclub sería una tienda de souvenirs, la portería un Starbucks de cafés a 5 euros y los vecinos habrían sido expulsados a la periferia para dar paso a turistas. Estamos destruyendo la comunidad para alimentar un activo financiero.
El gran rescate (Dinero público para beneficios privados)
Lo que pasó en 2008 fue el mayor engaño de nuestra historia reciente. El capitalismo falló y lo público tuvo que salir al rescate. Pero, ¿a quién rescataron? No a las familias que se quedaban en la calle, sino a los bancos que habían inflado la burbuja. Se inyectaron 100.000 millones de euros de dinero público bajo la excusa de que «no nos hacían un favor». Fue la oportunidad de oro para convertir todo ese parque de viviendas y solares de la Sareb en vivienda pública de verdad. Pero no lo hicieron.
En lugar de eso, el gobierno del PP tumbó las iniciativas para salvar a las familias de deudas impagables. Prefirieron que los bancos rescatados le pasaran sus activos a fondos como Blackstone. Más de 100.000 inmuebles volaron a manos de fondos buitre mientras miles de personas eran desahuciadas. Y lo más sangrante: mucha de esa gente sigue viviendo en la misma casa, pero ahora pagando un alquiler que no deja de subir a los mismos que los echaron. Rescatamos a la élite que provocó la crisis.
El Estado como gestor del rentismo Hoy, el Estado no es neutral; beneficia activamente al que vive de rentas y castiga al que produce. Es increíble: una empresa que crea empleo y contribuye a la sociedad paga más impuestos que un especulador. El sistema está montado para que el especulador pague menos por una vivienda que el que realmente la necesita para vivir. Hay cinco formas claras en las que el Estado te está robando para dárselo al casero:
- Exenciones fiscales: Los caseros tienen beneficios en el IRPF si no suben el alquiler, lo cual es otra forma de transferencia de recursos públicos a manos privadas.
- Las Socimis: Esos fondos buitre que son los mayores «acaparadores» apenas pagan impuestos de sociedades comparado con un negocio local.
- IBI y gastos: En muchos casos, el casero le repercute el IBI al inquilino, pero luego él se lo deduce. Negocio redondo.
- Ayudas al alquiler: Son una trampa. Cada vez que el Estado da una ayuda de 200€ al joven, el rentista la absorbe subiendo el precio 200€. El subsidio va directo al bolsillo del dueño.
- Visados de oro: Se implantó el «Golden Visa» para atraer dinero internacional, permitiendo que extranjeros compraran casas al contado por medio millón de euros. Esto disparó los precios porque ya no compites contra otra familia, compites contra el capital internacional.
La protección del «activo» por encima de la vida Desde 2007, el objetivo de los gobiernos ha sido uno solo: que el valor de los activos no caiga. Han inundado el sistema de liquidez para que el negocio inmobiliario siga siendo «atractivo». Incluso las plataformas de alquiler están en el ajo: les conviene la rotatividad. Si negocias con el casero directamente, sacas mejores condiciones, pero las apps te bombardean con anuncios avisándote de que tu alquiler está «por debajo del mercado».
Y mientras tanto, los medios de comunicación nos bombardean con el miedo a los okupas e inquiokupas. Es una narrativa fabricada para que tú, que no tienes dónde caerte muerto, simpatices con el rico. Hay más de 100 desahucios al día, pero de eso no se habla en el telediario. Se habla del miedo a que te quiten la casa cuando bajas a por el pan, una mentira para proteger el modelo de negocio.
Hay salida (Viena, Singapur y el fin del expolio)
Nos han hecho creer que no hay alternativa, que «el mercado es así». Mentira. Ciudades como Viena o Singapur han demostrado que se puede meter en cintura a los especuladores. Viena, por ejemplo, es una ciudad cara, pero vivir allí es más barato que aquí. ¿Por qué? Porque tienen casi un millón de viviendas públicas. No son guetos en la periferia; son edificios de calidad repartidos por toda la ciudad. Allí no sabes cuánto gana tu vecino por su código postal, y eso evita la segregación. Desde 1917, Viena municipalizó el suelo y metió impuestos para devaluar su valor. Resultado: hoy es la ciudad más habitable del mundo.
Y mira Singapur. En 30 años doblaron su población. En lugar de dejar que los dueños de la tierra se forraran subiendo alquileres sin hacer nada (mientras la gente vivía en chabolas), el gobierno expropió terrenos por «necesidad pública». Allí los pisos son públicos y punto. No como los de Franco, que acabaron en el mercado libre; en Singapur, si lo vendes, está regulado. Tienen una política fiscal agresiva: si eres extranjero o quieres acaparar casas, el Estado te cruje.
La hipocresía del sistema: Niños y alquileres A veces escucho a los «ofertistas» decir que si alguien acepta un alquiler abusivo es porque quiere, que es «libertad de mercado». Pues mira, en el siglo XIX había explotación infantil. Si había niños que querían trabajar y empresas que los querían contratar, ¿dónde estaba el problema? Pues en que era una práctica inhumana. Lo mismo pasa con el alquiler por habitaciones o el chabolismo moderno: que alguien acepte una condición miserable por necesidad no la hace justa. Las leyes injustas están para desobedecerse, como ya demostró la huelga de alquileres de 1931.
Nuestra hoja de ruta: Dejar de ser una mina de oro: Para que la vivienda sea un derecho, tiene que dejar de ser el negocio de unos pocos. No necesitamos parches, necesitamos cambios estructurales:
- Vincular el suelo al bienestar: Las ciudades no pueden ser minas de oro. Hay que crear un impuesto que grave la subida de valor generada por la sociedad (metro, servicios) para financiar el sistema público.
- Vivienda social en el centro: Cualquier obra nueva, como en París o Barcelona, debe tener un porcentaje alto de pisos protegidos. Y que nunca puedan venderse en el mercado privado.
- Acabar con el acaparamiento: Hay que eliminar el ITP para quien necesita una casa y subírselo a muerte a los fondos que compran a tocateja. Prohibir vender por un valor superior al que compraste si no has mejorado nada.
- Proteger al inquilino: El alquiler debe ser la norma, con renovaciones automáticas y sin riesgo de expulsión arbitraria. Si no puedes echar raíces, no puedes tener una vida.
Conclusión: ¿Morderás la mano? Al final, el rentismo es un sistema extractivo que asfixia a la economía productiva. Si seguimos alimentando este modelo donde los «dueños» viven del esfuerzo del que produce, la sociedad se detendrá. Como te decía antes: si estresas demasiado al perro dándole de comer solo si te baila el agua, no te quejes si un día se cansa, te muerde la mano y se queda con tu comida. O algo peor. Jugar con el techo de la gente es jugar con fuego, y el tiempo de los parches se ha acabado.
REDACTADO POR GEMINI EN BASE A LAS NOTAS QUE HE RECOGIDO DEL AUDIOLIBRO EL 22 DE JULIO DE 2025.